"Marta colgó sin contestar, encendió las dos velas, puso un CD de Sinatra y disfrutó de la comida de Navidad más feliz de su vida, con la vajilla sin estrenar guiñándole el ojo desde la vitrina."
CUENTO DE NAVIDAD/ por John William Wilkinson/ LA VAJILLA DE LA FELICIDAD/ Tal como supo Marta el año pasado, la comida de Navidad en familia ya no es un acontecimiento preordenado. Pili, su hermana, había muerto en septiembre de un cáncer; de modo que pensó que era su deber invitar a su casa a Jone y Montse, sus sobrinas huérfanas –que, por desgracia, apenas conocía-, a compartir manteles en tan señalada fecha. Acabaron aceptando de mala gana. Al ponerse a idear la forma que debería tomar el convite, Marta, que pese a ser musicóloga y criminalista trabajaba como la “secre” de un malhumorado urólogo avaro, era al mismo tiempo una hermosa y altiva solterona de cincuenta y dos años, la muerte de cuya hermana le descubrió, no sin cierta sorpresa por su parte, que echaba de menos las Navidades de su niñez. Sea como fuere, resolvió que, siguiendo las recetas de su madre y abuela, prepararía para sus sobrinas una espesa sopa y un suculento capón relleno de salchichas, lomo, ciruelas y piñones; todo bien cargado de jerez seco; y sin olvidar un buen surtido de turrones, claro. O sea, un banquete navideño como Dios manda. Devoradora empedernida como era de ensaladas y mejunjes adelgazantes, pronto se percató de que sería prácticamente imposible elaborar semejantes proezas culinarias en su diminuta cocina. Para empezar, no poseía una olla para hervir la sopa; tampoco recordaba la última vez que encendió el horno. Pero puesto que querer es poder, estaba convencida de que acabaría superando con tino y buen humor los múltiples obstáculos que seguramente saldrían a su encuentro a cada paso. Incluso tomó la determinación de comprarse una vajilla nueva. La Navidad en la casa de sus abuelos no sólo era esa comida tan rica y copiosa, sino también los manteles almidonados, la magnífica vajilla de porcelana finísima y la pesada cubertería de plata, que tanto les costaban levantar cuando Pili y ella eran pequeñas. Marta aún conservaba en un cajón gran parte de aquella vieja cubertería; mas la vajilla, que heredó Pili, hacía mucho que, de tan desconchada y descuidada, ya había acabado sus días en el fondo del cubo de la basura. De haberse casado, Marta no habría dudado ni un instante en pedir como el principal y más importante regalo de bodas una vajilla como la de sus abuelos, una vajilla para al menos veinte comensales, con los bordes dorados… platos y tazas y salseras y soperas y copas de todos los tamaños y formas imaginables. Así que, pensando en la Navidad que compartiría con sus sobrinas, empezó a frecuentar los vastos departamentos de los grandes almacenes dedicados a la exposición de suntuosas vajillas. Se hizo con un montón de folletos, que repasaba durante horas en casa. Finalmente, a principios de diciembre, tras pasar varias noches en vela a causa de la trascendencia de la elección que estaba a punto de tomar, tiró todos los folletos salvo uno -el de la clásica y elegantísima vajilla que pronto sería suya-. Eso sí, la encargó tan sólo para seis comensales. El mozo que subió las cajas era tan torpe, que por poco a Marta le dio un ataque. Una vez sola, desenvolvió cada pieza con sumo cuidado y a medida que el suelo del salón se llenaba de papel de seda y tiras de plástico con burbujitas de aire, aparecía en medio de la mesa una verdadera obra de arte, la asombrosa aparición de un sueño hecho realidad, sobre el que cayeron varios lagrimones, no se sabe si fruto si de la tristeza o de la alegría. Lavó toda la vajilla, pieza por pieza. Pero dado que no había espacio en la cocina, no tuvo más remedio que apilarla de nuevo sobre la mesa del salón. Fue entonces cuándo se dio cuenta de que ¡no tenía dónde guardarla! Así que, aunque significara pedir un préstamo, resolvió comprar una vitrina digna de alojar -¡y lucir!- su nueva adquisición. Marta no era consciente de que la flamante vitrina, que era de pino claro y diseño moderno, desentonaba por completo entre tantos muebles viejos y paredes descoloridas. Cuando hubo colocado toda la vajilla en los anaqueles, cerró las puertas de vidrio y se quedó como si estuviera paralizada, totalmente maravillada ante tamaño destello de belleza. A todas ésas, se dio cuenta de que faltaban muy pocos días para Navidad y que aún no había comprado ni la comida ni tampoco regalos para sus sobrinas. Fue una suerte que su jefe le diera libre la tarde del 23; volvió a casa cargada como una mula luego de pasar horas haciendo cola ante los puestos del mercado. El día anterior había comprado para Jone y Montse sendos broches de bronce cuyo diseño original se remontaba a los antiguos celtas de Irlanda, al menos eso es lo que le contaron en la tienda. Se pasó la Nochebuena limpiando la ennegrecida cubertería de plata e intentando lograr que funcionara el horno. A las siete de la mañana del día de Navidad ya estaba en los fogones. ¡Qué olores, qué recuerdos! Hubo molestas llamadas telefónicas de gente –supuestamente amiga-, que sin duda no tenía nada mejor que hacer que pasar el rato hablando de nadarías. Pasadas las once, tuvo que bajar a la calle deprisa y corriendo porque se acordó de que se había olvidado de comprar los turrones. Una hora antes de que llegaran sus sobrinas, viendo que la piel del pollo ya estaba ligeramente dorada, pudo por fin dedicarse a lo que más ilusión le hacía: poner la mesa. Primero, extendió y aplanó un mantel de hilo indio color hueso, para acto seguido abrir de par en par las puertas de la vitrina y, loca de alegría, elevar entre sus manos tres rutilantes platos hondos. Hizo las interminables idas y venidas entre la vitrina y la mesa como si estuviera sumida en un profundo trance. Delante de los platos colocó las exquisitas copas de cristal de Bohemia para agua, vino y champán, y, a cada lado, cubiertos para la sopa y el pollo. Entre las copas y los platos iban los cuchillitos para los turrones. A continuación repartió las servilletas y, aunque todavía estaba vacía, puso en medio de la mesa la sopera, junto a un jarroncito en el que había deslizado un par de claveles blancos. Quedaba todo tan bonito, que no se lo podía creer. Hubiera sacado en ese mismo instante una fotografía de su “creación”, pero intuía que faltaba algo, algún pequeño detalle, y podría ser que tal vez se trataba de un descuido que nunca se perdonaría. ¡Pero ya estaba!… ¡qué tonta!... faltaban las dos velas rojas que había comprado en la tienda de los chinos. Después de bajar la sopa al mínimo y comprobar que el pollo seguía dorándose, se vistió. Al regresar al salón, una vez más se quedó embobaba delante de la mesa. Pero entonces se giró hacia la vitrina y de pronto la sonrisa que llevaba dibujada en la cara se disolvió en una mueca llena de tristeza y espanto: ¡ese mueble moderno medio vacío era un horror! ¿Qué hacer? Marta se dio cuenta enseguida de que no le quedaba más remedio que devolver a su sitio la mitad de la vajilla que había sacado. Y así lo hizo. Estaba a punto de poner la mesa de nuevo, esta vez con los viejos platos de loza barata del día a día –la comida sabría igual de buena- cuando sonó nuevamente el teléfono. Era Jone, la mayor. Dijo que tanto ella como Montse habían pasado la Nochebuena en el campo, en casa de unos amigos, y que no se acostaron hasta las tantas y que estaban agotadas y que, como entendería, no vendrían… ah, y felices Pascuas y que se ponía Montse… Ésta, que tampoco tenía intención de exculparse, quiso saber qué comida había preparado. -¡Pero es que las dos somos budistas, tía, y no comemos esas, er, cosas¡ Habernos preguntado antes, ¿no? En fin, feliz “Christmas”, tía. Adiós.” Marta colgó sin contestar, encendió las dos velas, puso un CD de Sinatra y disfrutó de la comida de Navidad más feliz de su vida, con la vajilla sin estrenar guiñándole el ojo desde la vitrina.
Ilustración
Ilustración
Ilustración
Diseño, Ilustración
Ilustración
Música y Audio, Ilustración
Espacios
Ilustración, Música y Audio
Música y Audio, Ilustración
Ilustración
Ilustración
Diseño, Ilustración, Música y Audio
Ilustración
Ilustración